La perla de Gokk’Lok (parte 1)

06.05.2014 01:23

Hacía un calor tremendo. El conjunto de tierras áridas y salvajes que enmarcaban el pueblo portuario de Trinquete daban la sensación de ser un enorme brasero de ascuas ardientes, y en medio yo.

En contraste con el tórrido calor del exterior, en la taberna La Quilla Rota se respiraba un ambiente agradable. No tan agradable como el ambiente era el aguamiel del tabernero Wiley, un brebaje que llamarlo aguamiel era ser demasiado indulgente.

Pues ahí me encontraba, disfrutando de ese merecido descanso después de los últimos acontecimientos en Pandaria, cuando vi entrar a una enana con una melena rojiza, rásgo que me hace sonreír, pues ya se de quien se trata.

Después de unos segundos que tarda en acostumbrarse a la penumbra del lugar, alzó ella su rostro y noté en su cambio de expresión que me había reconocido. Sí, se trataba de Cigomática, noble compañera de tantas y tantas aventuras.

Llegas tarde – Dije, sin dejar de sonreír

¿Tarde? ¿Tarde para qué? – Contestó mientras se sentaba en un banco que, probablemente, fue construido no en las mejores circunstancias… por no decir que el maestro carpintero se encontraba como una cuba.

Tarde sí, tenemos trabajo, y ya sabes cómo funciona esto, si te retrasas, alguien se lleva el gato al agua – Repliqué cortésmente.

Bueno, ¿y de que se trata? Ya que no vas a decirme nada de cómo estás ni que has hecho estos últimos meses vayamos al porqué me hiciste venir – Me respondió Cigomática

Hace 4 lunas oí rumores acerca de cierto objeto por el que Danky, un mercader pandaren, pagaría una cuantiosa suma, cerveza aparte. Se trata de una perla. Ésta se encuentra dentro de un caparazón, y dicho caparazón está custodiado por una hechicera. Su nombre… ¿Cómo era su nombre? Si, Gokk’Lok. No me preguntes como he averiguado todo esto, tan solo que no me dedicado estos últimos días a beber aquí sentado solamente – Dije echándome a reír.

Di una poderosa voz al tabernero para que pusiera una jarra a mi compañera y me dispuse a contarle todos los detalles que había averiguado.

Tras un rato, y no pocas jarras de cerveza decidimos que en primer lugar había que dirigirse a las Tierras del Este para intentar llegar desde ahí a Pandaria, pues en Orgrimmar no seríamos bien recibidos. Aunque soy tolerado por parte de la horda, no creo que aparecer en el corazón de su capital fuese bien visto, y mucho menos acompañado por una enana de Forjaz.

Así que, nos encaminamos tambaleantes hacia los muelles. El olor era nauseabundo. Trinquete no se caracterizaba por su buen olor, como cualquier ciudad portuaria, pero es que además tampoco era la más limpia, gnomos, ya se sabe. Y si a eso sumábamos que caía un sol de justicia y apenas se movía el aire, pues el ambiente era casi irrespirable, se podía casi mascar de denso que estaba.

 

¿Sabes dónde puedo encontrar al Maestro de Muelles? – Pregunté a un goblin.

Si, se encuentra en una chalupa pescando con un tipo venido de Theramore. Tercera pasarela a la izquierda - Contestó.

Seguimos las instrucciones y allí estaba, más que pescando, escurriendo concienzudamente unas jarras de cerveza. Me dirigí a él con una cortesía exquisita:

Buen dia, maese Vertipeluca… - Dije.

Nadie contestó… sabía que no le gustaba que le llamaran por su nombre…

Buen día, mestro Vertipeluca… - Repetí en un tono de voz más alto.

Solo se escuchó una gaviota zambullirse en el agua.

Maestro de Muelles, tenga usted un buen día… - Volví a decir con sorna, pues solo ante su título contestaba el goblin.

Buenos días, jóvenes amigos, ¿Qué puedo hacer por ustedes?

Buscamos pasaje para Ventormenta, pues supongo que no fletaran ningún barco a Pandaria, ¿cierto? – Pregunté

Cierto. Con Pandaria aun no hemos establecido vínculos comerciales, y no se si lo haremos, pues esos osos son un poco cerrados de miras… pero estás de suerte. Habla con Grimble pues está completando un flete y en teoría deben de partir el jueves al alba.

Dirigimos nuestros pasos hacia el barco más grande, donde un goblin un tanto más corpulento que los demás daba órdenes sin cesar.

Salve Grimble, ¿hay sitio para dos más en su barco para Ventormenta? – Pregunté

No, salvo que sepáis cocinar… ese dichoso botarate se ha ido con una orca a Orgrimmar y me ha dejado colgado. No hay nada más peligroso que cruzar el Mar Angosto en un barco con la tripulación llena de goblins hambrientos…

Entonces hecho, por algo estudié cocina con los mejores chefs de Pandaría… - Dije alzando las cejas queriendo parecer interesante…

Grimble me miró con desconfianza, pero ya se sabe de los goblins, muy listos lo que se dice muy listos no son, aunque este caso era verdad, me consideraba un excelente cocinero.

Muy bien, cerrado queda, pero ella se encargará de limpiar la cubierta, no quiero a nadie ocioso en La Fantasía de la Doncella. Y por supuesto, si me has mentido, te arrojaremos por la borda y con tu amiga compensaremos la falta de comida… - Me contestó, con un gesto de cierta lujuria en su cara.

El jueves, al alba, salimos. Si llegais tarde, no vengais pues no esperamos. – Sentenció el goblin.

Estábamos a martes, por tanto teníamos 2 dias para preparar la expedición. Fueron momentos de relajación y ponernos al día con nuestras aventuras. Compramos todo lo que podíamos acarrear al mercader Jazzik y antes de que saliera el sol el día acordado ya estábamos junto a la pasarela del Fantasía de la Doncella.

El viaje lo hicimos sin problemas, se notaba que el capitán había cruzado el Mare Magnum más veces que un gnomo mago te haya mandado por error al Exodar… yo cumplí perfectamente en la cocina, incluso la mayor parte de la tripulación trataron de convencernos para hacernos a la mar con ellos cuando acabáramos nuestra tarea.

Ocho días después de partir de Trinquete, atracamos en el extraordinario puerto de Ventormenta. Fue una imagen preciosa, ese momento en que se comienza a apreciar en la lejanía el faro, con su torreón de cuatro aguas de tejas azules… es como volver a casa, como el principio en el que todo tiene sentido. El capitán dejó a babor el faro y enfiló el muelle más al sur. A lo lejos se veía el dique seco donde se calafateaban tres grandes buques. Olía a puerto, a mar, a libertad.

Nada más atracar, y tras la despedida del capitán y del resto de la tripulación, nos encaminamos hacia el distrito de los enanos, al Tonel Dorado. En este punto, Cigomática y yo discutimos, pues ella era partidaria de ir en primer lugar a presentar nuestros respetos al señor de Ventormenta, y yo en cambio, prefería mojar el gaznate en una taberna, y ninguna como el Tonel Dorado. Despues ya tendríamos tiempo de saludos, buscar información y demás…

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